
Pompeya: los rostros de la tragedia
POMPEYA: LOS ROSTROS DE LA TRAGEDIA
Las últimas horas y los secretos que revelan los restos humanos
FOSTER HISTORY & COLLECTIVE MEMORY | INVESTIGACIÓN HISTÓRICA
Niños entre las víctimas, cuerpos hallados durante la huida, objetos personales y un descubrimiento genético que obligó a revisar algunas de las historias más conocidas de la ciudad sepultada.
NO ERAN ESTATUAS. ERAN PERSONAS.
Hay una imagen que ha atravesado generaciones y que continúa provocando una impresión difícil de describir: la figura de una persona acurrucada, con el cuerpo encogido, aparentemente detenida en el instante final de su existencia.
Alrededor, el silencio.
No hay palabras que puedan reconstruir por completo lo que ocurrió. No conocemos el nombre de cada víctima, sus pensamientos ni las conversaciones que mantuvo durante sus últimas horas. Sin embargo, la arqueología ha recuperado algo extraordinario: las huellas físicas de una tragedia que sucedió hace casi dos mil años.
Cuando el Vesubio entró en erupción en el año 79 d. C., Pompeya quedó cubierta por materiales volcánicos. Algunos habitantes lograron escapar. Otros quedaron atrapados en sus casas, en refugios o en las calles. Algunos murieron durante la caída de piedra pómez y los derrumbes; otros fueron alcanzados por las corrientes piroclásticas de las fases posteriores.
El desastre no dejó un único tipo de víctima ni una sola secuencia de muerte.
Durante las excavaciones, los arqueólogos encontraron esqueletos, objetos personales y cavidades que conservaban la forma de cuerpos desaparecidos. En determinados casos, esas cavidades permitieron reproducir la posición de las víctimas mediante moldes.
El resultado transformó nuestra manera de contemplar Pompeya.
Pero también abrió una pregunta incómoda: ¿cuánto sabemos realmente de las personas que aparecen en esos moldes y cuánto hemos imaginado a partir de su apariencia?
La respuesta importa. Durante generaciones, algunas víctimas recibieron nombres, identidades, relaciones familiares y relatos sobre sus últimos momentos que no siempre estaban respaldados por pruebas suficientes. La investigación moderna está revisando esas interpretaciones.
Los muertos de Pompeya no necesitan que inventemos sus historias. Sus restos ya contienen preguntas extraordinarias.
EL MOMENTO EN QUE UNA VIDA SE CONVIRTIÓ EN EVIDENCIA ARQUEOLÓGICA
Para comprender los restos humanos de Pompeya, primero debemos abandonar una idea muy extendida: que todas las víctimas quedaron preservadas exactamente como estaban en el instante de su muerte.
Lo que ocurrió fue más complejo.
Durante la erupción, los cuerpos quedaron cubiertos por materiales volcánicos. Con el tiempo, los tejidos orgánicos se descompusieron. En determinados lugares, el depósito que rodeaba cada cuerpo se endureció y conservó un espacio con su forma aproximada.
Esos espacios vacíos se convirtieron en una fuente de información excepcional.
En el siglo XIX, el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli perfeccionó una técnica que permitió introducir yeso líquido en algunas de esas cavidades. Cuando el material se endurecía y se retiraba cuidadosamente el depósito circundante, aparecía una reproducción de la forma que había dejado el cuerpo.
El procedimiento produjo algunos de los testimonios visuales más conocidos de la tragedia.
Sin embargo, un molde no es una fotografía. No reproduce necesariamente cada detalle anatómico y tampoco permite deducir, por sí solo, qué pensaba la persona o cuál fue la causa exacta de su muerte.
Los moldes son documentos arqueológicos: conservan información sobre la posición del cuerpo, ciertos detalles de la ropa y, en ocasiones, objetos que acompañaban a la víctima. Algunos contienen también restos óseos. Su interpretación requiere estudiar el contexto del hallazgo, los depósitos volcánicos y las evidencias antropológicas.
La UNESCO destaca que los restos humanos de Pompeya y Herculano constituyen una fuente fundamental para investigar las condiciones de vida y muerte de las poblaciones antiguas. [1]
Lo extraordinario no es que el yeso haya devuelto la vida a los muertos.
Es que una combinación excepcional de circunstancias geológicas y técnicas arqueológicas ha permitido estudiar aspectos de vidas que, de otro modo, habrían dejado muchas menos huellas.
EL JARDÍN DE LOS FUGITIVOS: TRECE PERSONAS EN EL CAMINO DE LA HUIDA
Uno de los lugares más conmovedores del yacimiento es el llamado Jardín de los Fugitivos, donde se encontraron trece víctimas, entre adultos y niños. Los hallazgos fueron documentados durante campañas de excavación realizadas en 1961–1962 y 1973–1974. [2]
El lugar no era originalmente un cementerio. Antes de la erupción, el área había formado parte de una propiedad que se había transformado en viñedo, con un espacio destinado a reuniones y comidas al aire libre.
La denominación moderna de «Jardín de los Fugitivos» procede de la interpretación de los hallazgos: las víctimas intentaban encontrar una salida de la ciudad después de que la primera fase de la erupción hubiera cubierto el terreno de piedra pómez.
La documentación arqueológica señala que la capa de material volcánico había alcanzado aproximadamente tres metros y medio en el área. La huida quedó interrumpida por la llegada de una corriente piroclástica, que resultó mortal. [2]
La escena permite reconstruir una situación general: varias personas intentaron escapar, pero quedaron atrapadas antes de alcanzar un lugar seguro.
Sin embargo, no podemos determinar que las trece personas formaran una única familia, que todas hubieran salido juntas de una misma vivienda o que compartieran exactamente el mismo itinerario. La proximidad de los cuerpos y el contexto del hallazgo permiten formular hipótesis sobre sus movimientos, pero no establecer todas sus relaciones personales.
Los moldes conservan posiciones corporales que pueden observarse y estudiarse. Algunos individuos aparecen encogidos o inclinados, mientras otros yacen en distintas posturas. Esas posiciones son datos arqueológicos; por sí solas, no revelan los pensamientos o las palabras de las víctimas.
También se han documentado objetos personales asociados con personas que intentaban huir, entre ellos monedas y cuentas de collar. Estos elementos ofrecen indicios de que algunos llevaban consigo pertenencias cuando abandonaron sus espacios cotidianos.
No sabemos si recogieron esos objetos deliberadamente durante la emergencia, si ya los llevaban encima o qué valor personal tenían para ellos. La evidencia permite señalar su presencia, pero no reconstruir automáticamente la decisión que llevó a cada individuo a transportarlos.
Lo que convierte al Jardín de los Fugitivos en un hallazgo tan significativo es la combinación de restos humanos, objetos y contexto arqueológico.
No estamos ante una representación simbólica de una huida. Estamos ante los restos materiales de personas que murieron en una zona donde la evidencia indica que intentaban desplazarse para escapar.
La arqueología puede identificar el escenario general de la tragedia. Las historias individuales, en cambio, permanecen parcialmente desconocidas.
LOS NIÑOS DE POMPEYA: VIDAS INTERRUMPIDAS
Cuando hablamos de la destrucción de Pompeya, es fácil concentrarse en los edificios derrumbados, las calles cubiertas de ceniza y las grandes cifras de víctimas. Sin embargo, entre los restos recuperados también hay niños.
Su presencia obliga a contemplar la catástrofe desde una perspectiva diferente. La erupción no afectó únicamente a comerciantes, trabajadores, soldados o propietarios adultos. También alcanzó a personas que apenas comenzaban sus vidas.
La arqueología ha documentado restos de niños en distintos sectores de Pompeya, entre ellos el Jardín de los Fugitivos y la Casa del Brazalete de Oro. En algunos casos, su edad aproximada se ha estimado mediante el examen de los restos óseos y otras evidencias; en otros, la información disponible es más limitada.
Uno de los casos más conocidos procede de la Casa del Brazalete de Oro, donde se encontraron cuatro víctimas: dos adultos y dos niños. Los restos estaban próximos entre sí, junto a una escalera que conducía hacia el jardín.
Las primeras interpretaciones propusieron que se trataba de una familia que intentaba escapar. Un adulto fue considerado tradicionalmente la madre de uno de los niños porque el pequeño parecía encontrarse sobre su regazo y porque el adulto llevaba un brazalete de oro. El otro adulto fue interpretado como el padre.
Pero la investigación científica posterior obligó a revisar esa historia.
En 2024, un estudio publicado en Current Biology analizó ADN antiguo recuperado de restos óseos asociados con moldes de Pompeya. Los investigadores obtuvieron datos genéticos de cinco individuos. Los resultados cuestionaron algunas identificaciones tradicionales sobre el sexo biológico y las relaciones familiares de las víctimas. [3]
En el caso de la Casa del Brazalete de Oro, los datos mostraron que el adulto que tradicionalmente se había descrito como una madre era genéticamente masculino y no tenía parentesco biológico con el niño que se encontraba sobre su regazo. Los cuatro individuos estudiados en ese grupo eran genéticamente masculinos y no mostraban parentesco biológico entre sí en los grados que el análisis podía evaluar. [3]
El hallazgo no demuestra que esas personas no tuvieran vínculos afectivos o sociales. Sí demuestra que no debemos presentar como una familia biológica comprobada lo que inicialmente se había inferido a partir de la proximidad de los cuerpos, el brazalete y la posición de uno de los niños.
La diferencia es importante: la proximidad física no demuestra parentesco, y un objeto no establece por sí solo la identidad de quien lo llevaba.
La presencia de niños entre las víctimas es un hecho arqueológico. Pero sus nombres, sus relaciones y las circunstancias exactas de sus últimos momentos no siempre pueden recuperarse.
No sabemos sus conversaciones. No conocemos sus pensamientos. Tampoco podemos asegurar que todos los niños encontrados cerca de adultos estuvieran acompañados por sus padres.
Lo que sabemos es que eran niños que quedaron atrapados en una catástrofe que transformó sus restos en parte del registro arqueológico.
Su historia no necesita una escena inventada para resultar conmovedora. La evidencia, por sí misma, nos recuerda que la destrucción de Pompeya alcanzó a personas de distintas edades y circunstancias.
LOS QUE INTENTARON PROTEGERSE: REFUGIOS, ESCALERAS Y TEJAS
Otros hallazgos revelan que algunas personas buscaron refugio dentro de edificios cuando las condiciones exteriores se volvieron peligrosas.
En distintos sectores de Pompeya se han encontrado víctimas en jardines, habitaciones y espacios próximos a escaleras o posibles rutas de salida. Estos contextos permiten investigar cómo la arquitectura condicionó las posibilidades de huida.
Algunas interpretaciones arqueológicas plantean que ciertas personas pudieron buscar protección frente a la caída de piedra pómez o intentar atravesar patios y pasillos para alcanzar una salida.
En algunos casos se han descrito fragmentos de materiales constructivos cerca de los restos humanos. Es posible que estos materiales formaran parte de derrumbes o que hubieran caído durante la erupción. Sin un análisis contextual específico, no puede afirmarse que una persona los utilizara deliberadamente para protegerse.
La presencia de una teja junto a un cuerpo no demuestra por sí sola cuándo fue colocada, quién la movió o con qué intención.
El contexto, la distribución de los materiales y las condiciones del edificio ayudan a reconstruir los posibles movimientos de quienes se encontraban allí.
Estos hallazgos muestran que la huida no siempre consistió en correr por una calle abierta. Algunas personas pudieron buscar protección dentro de una vivienda, permanecer en un espacio interior o intentar alcanzar una salida cuando las condiciones parecían mejorar.
No todas las decisiones fueron necesariamente iguales. Una escalera, un pasillo, un patio o una puerta podían convertirse en obstáculos o rutas de escape dependiendo de la acumulación de materiales, los derrumbes y el momento en que llegaran las corrientes piroclásticas.
La arqueología no permite conocer cada decisión individual, pero sí reconstruir las condiciones materiales que limitaban las opciones disponibles.
En este sentido, las tejas, las escaleras y los restos hallados en los jardines no son detalles secundarios. Ayudan a comprender cómo los habitantes se enfrentaron a una emergencia que alteraba continuamente el entorno.
LAS MANOS, LA ROPA Y LOS OBJETOS: LO QUE LAS VÍCTIMAS LLEVABAN CONSIGO
En Pompeya, los restos humanos no son la única fuente de información sobre las últimas horas de sus habitantes.
Los objetos hallados junto a las víctimas pueden ayudar a reconstruir sus circunstancias: prendas, calzado, recipientes, llaves y otros elementos de la vida cotidiana. Su valor depende del contexto arqueológico y de la relación comprobable entre el objeto y el individuo.
Una llave puede sugerir que alguien la llevaba consigo. Un calzado puede aportar información sobre la indumentaria. Un recipiente puede indicar que se transportaban pertenencias, aunque su significado exacto depende de dónde y cómo fue encontrado.
Pero hay una diferencia entre observar un objeto y conocer la historia de su propietario.
No podemos afirmar que una persona huyera para buscar a su familia solo porque llevaba una llave. Tampoco podemos concluir que alguien intentara proteger sus riquezas a partir de la presencia de joyas u otros bienes.
Los objetos son evidencias; las historias construidas a partir de ellos son interpretaciones que deben justificarse.
Esta es una de las grandes fortalezas de la arqueología: permite acercarnos a la experiencia humana mediante rastros materiales, sin exigir que cada detalle tenga una explicación definitiva.
Los objetos cotidianos también revelan algo más amplio. La catástrofe no afectó a una población abstracta, sino a personas que tenían pertenencias, rutinas y responsabilidades. Algunas pudieron salir con lo que llevaban encima; otras quedaron atrapadas en lugares donde los objetos y los restos humanos permanecieron durante siglos.
El Vesubio no preservó biografías completas. Conservó fragmentos de vidas.
Y aprender a interpretar esos fragmentos es una de las tareas más delicadas de la investigación histórica.
¿CÓMO MURIERON? UNA PREGUNTA QUE LA CIENCIA SIGUE INVESTIGANDO
La causa de muerte de las víctimas de Pompeya no puede explicarse mediante una única respuesta válida para todos los casos.
Durante la fase inicial de la erupción, la caída de piedra pómez y otros fragmentos volcánicos se acumuló sobre edificios y calles. Los derrumbes pudieron causar muertes, mientras que las personas que permanecieron al aire libre quedaron expuestas a los materiales que caían.
En las fases posteriores, las corrientes piroclásticas llevaron gases calientes y partículas volcánicas sobre el terreno. Estos fenómenos fueron mortales para quienes quedaron expuestos.
Sin embargo, los mecanismos exactos de muerte y su importancia relativa en distintos sectores de Pompeya continúan siendo objeto de investigación.
Un estudio publicado en 2010 por Giuseppe Mastrolorenzo y colaboradores argumentó que el calor de las corrientes piroclásticas pudo causar una muerte rápida incluso en áreas relativamente alejadas del volcán. [4]
Otros trabajos han subrayado la importancia de la duración de la exposición a las corrientes y de la inhalación de ceniza, además de las diferencias entre Pompeya y Herculano. Una investigación publicada en Scientific Reports en 2021 estudió el tiempo durante el cual las corrientes piroclásticas pudieron afectar a Pompeya, aportando elementos para comprender el peligro que representaban. [5]
En 2024, otro estudio revisó la destrucción de Pompeya y propuso que los terremotos producidos durante la erupción también contribuyeron al derrumbe de edificios y a las muertes. Esto refuerza la necesidad de considerar varios mecanismos, en lugar de atribuir todos los fallecimientos a un solo fenómeno. [6]
La investigación debe distinguir, por tanto, entre lo que se conoce con seguridad y lo que sigue debatiéndose.
La erupción produjo condiciones capaces de causar la muerte de muchas personas. Pero no todas las víctimas estuvieron necesariamente expuestas al mismo fenómeno, durante el mismo tiempo o en idénticas circunstancias.
La ciencia no debilita el relato de la tragedia cuando reconoce la incertidumbre. Lo hace más preciso.
LOS CUERPOS QUE PARECEN HABER QUEDADO CONGELADOS EN EL TIEMPO
Algunos moldes presentan posiciones que parecen expresar miedo, protección o sufrimiento. Es comprensible que los visitantes intenten imaginar qué ocurrió en esos últimos instantes.
Pero una postura no es una transcripción de los pensamientos de una persona.
La posición final del cuerpo puede estar relacionada con múltiples factores: la postura previa, las condiciones ambientales, la acción del calor, el derrumbe de materiales y los procesos que ocurrieron después de la muerte. La preservación y la elaboración posterior del molde también pueden afectar a la apariencia que observamos hoy.
Por eso, los investigadores deben evitar interpretar automáticamente una postura como prueba de una emoción específica.
Un cuerpo con los brazos cerca del rostro no demuestra por sí solo que la persona intentara protegerse del volcán. Una figura encogida no permite afirmar que alguien estuviera abrazando a un familiar. Para sostener esas conclusiones hacen falta evidencias adicionales.
La arqueología forense no consiste en adivinar lo que una persona sintió, sino en analizar las huellas que permiten reconstruir, dentro de ciertos límites, lo que pudo haber sucedido.
Esto no significa que debamos contemplar las víctimas con frialdad. Al contrario: reconocer la diferencia entre evidencia e imaginación es una manera de respetar a quienes murieron.
No necesitamos atribuirles palabras que nunca quedaron registradas.
Su presencia material ya demuestra que la erupción afectó a individuos concretos, no solamente a edificios y calles.
EL DESCUBRIMIENTO QUE CAMBIÓ LA MANERA DE ESTUDIAR LOS MOLDES
Durante mucho tiempo, los moldes se consideraron principalmente imágenes de los últimos instantes de las víctimas. Sin embargo, los avances en radiografía, tomografía computarizada y análisis de materiales están permitiendo estudiarlos como conjuntos arqueológicos complejos.
Algunos moldes contienen huesos y otros restos que pueden examinarse sin destruir por completo la estructura exterior. Las técnicas no invasivas permiten observar el interior, identificar características anatómicas y estudiar cómo interactúan los restos humanos con el material utilizado para elaborar el molde.
Un artículo publicado en 2023 en PLOS ONE analizó siete moldes de Pompeya mediante técnicas químicas y antropológicas, mostrando la importancia de estudiar tanto los huesos como los materiales incorporados durante la elaboración y conservación de las piezas. [7]
Estos análisis plantean una cuestión fundamental: lo que hoy observamos no es únicamente el resultado de la erupción. También es el resultado de la historia posterior de las excavaciones, los procedimientos de conservación y las decisiones tomadas por los arqueólogos.
Algunos moldes fueron elaborados en el siglo XIX o durante el siglo XX. Sus superficies pudieron ser modificadas y los restos interiores pudieron verse afectados por intervenciones posteriores.
Por eso, la investigación contemporánea no se limita a preguntar cómo murieron las personas en el año 79.
También investiga cómo fueron descubiertas, cómo se hicieron los moldes y qué transformaciones sufrieron antes de llegar a los museos.
Los moldes son testimonios de la erupción, pero también forman parte de la historia de la arqueología.
EL ADN DE POMPEYA: CUANDO LA CIENCIA CUESTIONA LAS IDENTIDADES TRADICIONALES
Uno de los avances más llamativos llegó en 2024, cuando investigadores publicaron un estudio en Current Biology sobre material genético antiguo recuperado de restos humanos conservados en moldes de Pompeya.
El trabajo analizó material de cinco individuos y examinó su sexo biológico, ascendencia genética y posibles relaciones de parentesco. Los resultados cuestionaron algunas identificaciones tradicionales basadas únicamente en la apariencia, la posición corporal o los objetos encontrados junto a ellos. [3]
El descubrimiento es importante porque demuestra que una interpretación visual puede resultar insuficiente.
Durante décadas, algunas víctimas fueron descritas a partir de elementos como la proximidad entre dos cuerpos, la presencia de joyas o una postura que parecía sugerir una relación familiar. Pero esas observaciones, por sí solas, no siempre permiten establecer parentescos, identidades o vínculos afectivos.
El análisis genético ofrece una herramienta adicional, aunque tampoco resuelve todas las preguntas. El ADN no proporciona automáticamente el nombre de una persona, sus pensamientos, su historia familiar completa ni las circunstancias exactas de su muerte.
Los resultados deben interpretarse junto con la arqueología, la antropología y el contexto de cada hallazgo.
La investigación también aportó información sobre la ascendencia de los individuos analizados, que mostraba conexiones con poblaciones del Mediterráneo oriental. Esto concuerda con la diversidad y la movilidad de las poblaciones que vivían dentro del Imperio romano. Sin embargo, cinco individuos no representan por sí solos a toda la población de Pompeya. [3]
La lección es extraordinaria: incluso después de casi dos mil años, las conclusiones sobre Pompeya pueden cambiar cuando aparecen nuevas técnicas de investigación.
Lo que parecía evidente puede necesitar una revisión.
Y lo que todavía no sabemos puede convertirse en objeto de una investigación más precisa.
¿PODEMOS SABER QUIÉNES ERAN?
En muchos casos, no conocemos los nombres de las víctimas.
La identidad individual depende de la existencia de evidencias suficientes: inscripciones, documentos, contexto arqueológico y, en circunstancias excepcionales, análisis biológicos que permitan establecer relaciones concretas. La mayoría de los restos no puede vincularse de manera definitiva con una persona nombrada en una fuente antigua.
Eso no significa que las víctimas carezcan de historia.
Los huesos pueden revelar aspectos de la edad, la salud y las condiciones de vida. Los dientes pueden conservar información biológica. Los objetos pueden aportar pistas sobre la actividad cotidiana. La ubicación de los restos permite estudiar el entorno en el que se encontraban cuando fueron alcanzados por la erupción.
Pero no todos los hallazgos proporcionan la misma información.
A veces es posible formular una hipótesis sólida sobre las circunstancias de una muerte. En otros casos, solo podemos describir lo que se encontró y señalar qué interpretaciones siguen abiertas.
La historia de Pompeya no debe construirse asignando nombres imaginarios a quienes permanecen anónimos.
Debemos aceptar que algunas identidades se perdieron.
Y reconocer que, aun sin conocer sus nombres, podemos estudiar la sociedad a la que pertenecieron.
LAS VÍCTIMAS NO SON OBJETOS DE ESPECTÁCULO
Los moldes de Pompeya poseen una fuerza visual extraordinaria. Han inspirado obras artísticas, películas, exposiciones y representaciones de los últimos instantes de la ciudad.
Pero su importancia no se limita a su impacto emocional.
Son restos vinculados con personas que murieron durante una catástrofe. Algunos incorporan material humano auténtico; otros conservan información arqueológica que podría perderse si fueran tratados únicamente como objetos decorativos.
Por eso, su conservación y exposición requieren criterios científicos y éticos.
El público tiene derecho a conocer la historia de Pompeya, pero la divulgación debe evitar convertir el sufrimiento de las víctimas en una escena de entretenimiento desligada de su contexto.
Una imagen puede conmover sin necesidad de exagerar. Una reconstrucción puede ser poderosa sin presentar como real una conversación inventada. Un artículo puede despertar preguntas sin afirmar que conoce los últimos pensamientos de quienes murieron.
La investigación responsable no elimina la dimensión humana de la historia.
La protege de la ficción presentada como certeza.
LO QUE POMPEYA TODAVÍA NOS PUEDE REVELAR
Casi dos mil años después de la erupción, Pompeya continúa siendo un lugar de investigación.
Las nuevas excavaciones, los análisis de materiales, las técnicas de imagen médica y los estudios biológicos permiten formular preguntas que los primeros excavadores no podían responder.
Cada descubrimiento puede modificar una interpretación anterior. Cada nueva evidencia puede aportar información sobre una persona, una vivienda o una circunstancia de la catástrofe.
Pero los avances científicos también muestran los límites de nuestro conocimiento.
No podemos reconstruir todas las historias individuales. No sabemos cuántas personas lograron escapar. No conocemos el nombre de cada víctima ni podemos determinar con certeza la causa exacta de cada muerte.
Lo que sí podemos afirmar es que los restos humanos de Pompeya constituyen una fuente excepcional para estudiar las consecuencias de una erupción volcánica sobre una población antigua.
Sus moldes, esqueletos y objetos no son simples imágenes del pasado. Son evidencias que requieren análisis, comparación y revisión constante.
La ciudad sepultada sigue revelando información porque la investigación no termina cuando se descubre un objeto.
Comienza cuando aprendemos a formular las preguntas adecuadas.
CONTEXTO HISTÓRICO
La erupción del Vesubio del año 79 d. C. causó la muerte de numerosas personas en Pompeya y otras poblaciones de Campania. Los restos humanos se conservaron de diferentes maneras, incluidos esqueletos y cavidades en depósitos volcánicos que posteriormente permitieron elaborar moldes.
Entre los hallazgos más conocidos se encuentran las trece víctimas del Jardín de los Fugitivos, incluidos adultos y niños, y las cuatro personas encontradas en la Casa del Brazalete de Oro. En este último caso, análisis genéticos publicados en 2024 cuestionaron la interpretación tradicional de que los individuos formaban una familia biológica.
Los estudios actuales combinan arqueología, antropología, análisis de materiales, genética y técnicas de imagen. Las investigaciones muestran que las víctimas no necesariamente murieron todas por el mismo mecanismo y que algunas interpretaciones tradicionales sobre su identidad y sus últimos momentos requieren cautela.
El estudio de los moldes sigue evolucionando. Sus resultados permiten comprender mejor la población antigua, pero no autorizan a reconstruir con certeza todos los pensamientos, las relaciones personales o las circunstancias individuales de cada víctima.
FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
- 2. Ministero della Cultura, Italia. Riapre al pubblico l'Orto dei fuggiaschi di Pompei. Información oficial sobre las trece víctimas, las campañas de excavación y el contexto arqueológico. https://cultura.gov.it/comunicato/riapre-al-pubblico-l-orto-dei-fuggiaschi-di-pompei
- 3. Pilli, Elena et al. "Ancient DNA challenges prevailing interpretations of the Pompeii plaster casts". Current Biology, 34(22), 2024, pp. 5307–5318.e7. https://doi.org/10.1016/j.cub.2024.10.007
- 4. Mastrolorenzo, Giuseppe et al. "Lethal Thermal Impact at Periphery of Pyroclastic Surges: Evidences at Pompeii". PLOS ONE, 2010. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC2886100/
- 5. "The impact of pyroclastic density currents duration on humans: the case of the AD 79 eruption of Vesuvius". Scientific Reports, 2021. https://www.nature.com/articles/s41598-021-84456-7
- 6. "A novel view of the destruction of Pompeii during the 79 CE eruption of Vesuvius (Italy): syn-eruptive earthquakes as an additional cause of building collapse and deaths". Frontiers in Earth Science, 2024.https://www.frontiersin.org/journals/earth-science/articles/10.3389/feart.2024.1386960/full
- 7. "The casts of Pompeii: Post-depositional methodological insights". PLOS ONE, 2023. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC10446210/
Nota editorial: las imágenes que acompañen este artículo deben diferenciar las fotografías arqueológicas auténticas de las reconstrucciones artísticas. Las interpretaciones sobre la identidad y las circunstancias de las víctimas deben apoyarse en evidencias identificables.

