Fundación de Buenos Aires

30.12.2020

Buenos Aires: fundaciones, fracasos y persistencia en el Río de la Plata

La historia temprana de Buenos Aires constituye uno de los procesos más complejos y prolongados de la colonización española en América del Sur. Sus dos fundaciones, separadas por más de cuatro décadas, reflejan no solo los límites materiales del imperio, sino también la adaptación gradual de los europeos a un territorio que no respondía a las expectativas económicas ni culturales con las que habían llegado. 

Exploraciones iniciales y el mito fundacional del Río de la Plata

La primera expedición europea que alcanzó el estuario del Río de la Plata fue la comandada por Juan Díaz de Solís en enero de 1516. Su viaje tenía un doble objetivo: hallar un paso hacia el Pacífico y reconocer nuevas rutas comerciales. Sin embargo, el contacto inicial con los pueblos originarios terminó violentamente con su muerte, hecho que tuvo un fuerte impacto simbólico y práctico en la percepción temprana de la región como territorio hostil y difícil de dominar

El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo (1478–1557) señaló que estas tierras parecían

«de grandeza prometida, pero de provecho incierto»,
una definición que acompañaría al Río de la Plata durante décadas.

La posterior expedición de Hernando de Magallanes en 1520 confirmó la escasa utilidad inmediata del estuario como enclave comercial, aunque su travesía consolidó el conocimiento geográfico de la costa atlántica sudamericana. Más decisiva fue la incursión de Sebastián Caboto, quien en 1527 fundó el Fuerte Sancti Spiritus, introduciendo por primera vez una presencia europea estable en el interior fluvial del territorio. 

La leyenda de la plata y el fracaso de la primera Buenos Aires (1536–1541)

El relato de la Sierra de la Plata y del Rey Blanco, probablemente una reinterpretación de noticias indígenas sobre el imperio incaico, fue central para justificar la inversión imperial en la región. Estas narraciones, amplificadas en Europa, convencieron a Carlos I de financiar la expedición de Pedro de Mendoza, otorgándole el título de adelantado del Río de la Plata.

La fundación de Nuestra Señora del Buen Ayre en 1536 fue, en términos prácticos, un campamento fortificado más que una ciudad. Carecía de una base agrícola sólida, dependía de abastecimientos externos y se estableció en un entorno dominado por pueblos nómadas o seminómadas, poco compatibles con el modelo colonial español basado en tributos y trabajo indígena.

El testimonio de Ulrico Schmidl resulta clave para comprender la gravedad de la situación. En su Viaje al Río de la Plata, escribió:

«murieron tantos de hambre que ya no se contaban, y los vivos apenas tenían fuerzas para enterrar a los muertos».

A ello se sumaron las tensiones internas, el liderazgo debilitado de Mendoza por su enfermedad y la imposibilidad de establecer alianzas duraderas con los pueblos locales. En 1541, la decisión de abandonar el asentamiento y trasladar a los sobrevivientes a Asunción selló el fracaso del primer intento.

Asunción como núcleo regional y la larga espera de la repoblación

Durante las décadas siguientes, Asunción del Paraguay se consolidó como el verdadero centro político y demográfico de la región. Desde allí se desarrolló una sociedad mestiza, ganadera y fluvial, relativamente autónoma de los circuitos atlánticos directos.

La Corona española mostró escaso interés inmediato en refundar Buenos Aires, considerada un puerto pobre, expuesto a ataques y sin metales preciosos. Recién hacia fines del siglo XVI, razones estratégicas, control del estuario, defensa frente a otras potencias europeas y ordenamiento territorial, impulsaron una nueva iniciativa.

La segunda fundación: una ciudad planificada (1580)

La refundación encabezada por Juan de Garay el 15 de junio de 1580 fue sustancialmente distinta. Garay aplicó de manera sistemática las Leyes de Indias, trazando la ciudad en damero, asignando solares, ejidos y tierras de pastoreo, y estableciendo instituciones civiles y religiosas desde el inicio.

Un aspecto poco destacado es que Garay no priorizó la riqueza minera, sino la ganadería y el control territorial. La abundancia de caballos y vacas cimarronas, descendientes de animales introducidos décadas antes, constituyó la base económica inicial de la nueva ciudad.

Garay dejó constancia de su visión pragmática al afirmar:

«porque esta tierra no promete oro ni plata, será su riqueza el ganado y el puerto».

¿Quiénes fundaron realmente Buenos Aires?

La cifra tradicional de 65 fundadores responde a una definición jurídica limitada: solo los varones propietarios con derechos plenos ante la Corona. Sin embargo, el contingente real incluía familias enteras, mujeres, niños, indígenas aliados y personas sin reconocimiento legal, cuya contribución fue esencial para la supervivencia del asentamiento.

El historiador José Luis Romero (1909–1977) subrayó que

«las ciudades americanas no se fundaron solo con actas, sino con vidas anónimas que rara vez figuran en los documentos».

Este enfoque permite comprender la fundación de Buenos Aires como un proceso social complejo, más que como un acto puntual.

Significado histórico

La historia temprana de Buenos Aires demuestra que su consolidación no fue inevitable ni inmediata. Fue el resultado de persistencia, adaptación y aprendizaje, en un espacio inicialmente marginal del imperio. Paradójicamente, aquello que en el siglo XVI fue visto como una desventaja, la ausencia de metales preciosos, permitió más tarde el desarrollo de una economía ganadera y comercial que sería clave para su proyección futura.

Buenos Aires a Principios del Siglo XVII

A principios del siglo XVII, el real establecido por Juan de Garay (1528-1583) veinte años antes, en las inmediaciones del Riachuelo, había evolucionado de un campamento temporal y militar, caracterizado por chozas y carpas de cuero, a una aldea en crecimiento. Sus viviendas de adobe crudo se alternaban con chozas de barro y paja, erigiéndose en el interior o en los flancos de lotes cubiertos de plantas, tunas y cardales.

Los primeros carros circulaban por calles anchas pero embarradas. A pesar de esta apariencia modesta, Buenos Aires era un embrión social, forjando su vida en un ambiente rudimentario y sin estímulos. Las necesidades del poblado impulsaron iniciativas económicas, y la determinación de establecerse de manera definitiva llevó a autorizar el fletamento de embarcaciones que transportaban los frutos de la incipiente mano de obra local hacia la metrópoli e importaban insumos y artículos necesarios.

Como puerto estratégico, Buenos Aires dependía del mar para la llegada de civilización y riqueza, intercambiando sus productos locales y de las campañas circundantes. Sin embargo, este desarrollo comercial enfrentó obstáculos debido a un prohibicionismo económico que amenazaba con mantener a la ciudad en la miseria. Aun así, ciertas concesiones y frecuentes violaciones a las restricciones permitieron iniciar y sostener un intercambio vital para la subsistencia de la población.

Primeros Habitantes y Migraciones

En la última década del siglo XVI se observó una tendencia migratoria lusitana, que se intensificó a comienzos del siglo XVII. A las oportunidades de actividad comercial se sumaban razones de seguridad personal, especialmente para muchos judíos portugueses que se incorporaron al núcleo colonial hispánico.

Los primeros habitantes de Buenos Aires fueron los vecinos fundadores que acompañaron a Pedro de Mendoza (1487-1537) en la primera fundación de 1536, hasta su abandono en 1541, y luego a Juan de Garay (1528-1583) en la segunda fundación de 1580, ya como ciudad. A estos pioneros se sumaron recién llegados de diferentes partes del imperio español, quienes se asentaron en la ciudad naciente y dejaron extensos descendientes.

En 1606, el cabildo de Buenos Aires intervino ante el gobernador Hernandarias de Saavedra (1564-1634) para obtener la derogación de una orden que enajenaba numerosos portugueses. Esta solicitud, revisada por Monseñor Martín Ignacio de Loyola (1550-1606), se resolvió favorablemente, en contraste con las restrictivas ordenanzas reales. Fue en este contexto que el portugués Melchor Maciel del Águila (1583-1633), fundador de su linaje en el Río de la Plata, llegó a Buenos Aires en 1604.

Melchor Maciel del Águila (1583-1633) / Terrateniente y comerciante portugués en Buenos Aires

Melchor Maciel del Águila, nacido en Viana do Castelo, Reino de Portugal, en 1583, se estableció en Buenos Aires en 1604 durante la unión dinástica hispano-portuguesa. Se consolidó como uno de los primeros pobladores, destacado comerciante y terrateniente, contribuyendo al desarrollo económico y social de la ciudad durante su primer medio siglo de existencia (Academia Nacional de la Historia Argentina, 2011; Azarola Gil, 1940).

Orígenes y familia

Melchor Maciel del Águila nacido como Melchor Fernandes Maciel era hijo de Antón Fernandes (c.1558-?) y la infanzona portuguesa María Díaz de Maciel (c.1563-?), y de acuerdo con la costumbre de su época, adoptó el apellido de su abuelo materno en virtud de su nobleza.

Maciel tenía un fuerte vínculo sentimental con su país, ya que la esposa elegida era de origen portugués, sin que se pueda afirmar si vio la luz en Buenos Aires poco después de la llegada de sus padres o si vino con ellos desde muy joven.

Se trataba de Gil González de Moura (c.1551-1621) e Inés Núñez Cabral (1575-?), cuyo asentamiento en territorio rioplatense data de los últimos años del siglo XVI, probablemente 1599. Inés Núñez Cabral (1575-?) era hermana de la señora Margarita Cabral de Melo (1570-1631), esposa del maestro de campo Amador Vaz de Alpoim (1568-1617), según declaración testamentaria de este último.

En 1674, uno de los hijos de este matrimonio, el capitán Francisco Maciel del Águila (1625-1704) declaró en un documento que su abuelo materno Gil González de Moura (c. 1551-1621) "llegó como residente de los reinos de España", y en el registro de 1664, bajo la inscripción No. 134, uno de sus descendientes le otorgó el título de general.

El rico comerciante y terrateniente Melchor Maciel del Águila se casó con Catalina de Melo (c.1593-1652) el 5 de agosto de 1618, a la edad de treinta y cinco años, y juntos tuvieron al menos 6 hijos: María Cabral Maciel del Aguila (1619-?), Isabel Maciel de Melo (1620-c.1622), Francisco Maciel del Águila (1625-1704), Luis Maciel del Águila (1627-1710), Jerónima de Melo (1623-?) y Juana Maciel del Águila Cabral de Melo (c.1625-c.1694).

María Cabral Maciel del Aguila (1619-?) se casó con Antonio Moyano y Cifuentes de Medina, natural de Santiago de Chile y vecino de Mendoza, donde se había casado por primera vez con Elena Jofré de Arce.

Isabel Maciel de Melo (1620-c.1622), quien recibió óleo y crisma en la misma fecha que su hermana María (1619-?), y que había sido bautizada por el mismo motivo que el anterior, en su casa, por el dominico Fray Alonso Martínez. Se puede presumir que Isabel Maciel murió en la infancia ya que no se menciona en el testamento de su padre.

Francisco Maciel del Águila (1625-1704) quien fue bautizado el 29 de octubre en Buenos Aires y luego asociado con Juana Felice de Velasco y tenía al menos a Francisco Maciel del Águila "el Mozo". Muchos descendientes de Francisco Maciel del Águila "el Mozo" también fueron personas de renombre o que se casaron con ganaderos y terratenientes.

Una de ellas fue Isabel Llames (c.1845), de familia noble española e hija de dos primos, Manuela Saturnina Llames (1824) y el procurador español José Manuel Llames y Roldán (c.1815), quien tuvo un hijo natural con Enrique Foster (1842-1916), colonizador y agrimensor, fundador de Monte Oscuridad y co-fundador de la ciudad de Resistencia, Provincia del Chaco, Argentina.

Los abuelos paternos de Isabel Llames eran originarios de la Parroquia de Santiago de Goviendes, Ayuntamiento de Colunga, Obispado de Oviedo, en el Principado de Asturias y según su bisabuelo respecto a sus hijos eran "cristianos viejos, de sangre limpia y conocidos de origen, no descendientes de judíos, moros, herejes, o recién conversos a nuestra Santa Fe, ni que hayan sido condenados por algún delito, por Juez o Tribunal, ni Eclesiástico ni Seglar, nunca indagados por la Santa Inquisición, sino que antes bien han sido hijosdalgo sin haber ejercido jamás oficios opuestos a la Nobleza y por tales hijosdalgo nos hallamos y se hallan alistados nuestros mayores en los Padrones hechos a calle Hita con este Consejo del Estado Noble y Pec ... (ilegible)".

El rey Carlos IV de España (1748-1819) refrendó el testimonio de nobleza de la Cancillería de Valladolid, indicando que pertenecen a la familia afincada en Colunga desde tiempos inmemoriales.

Otro de los hijos del matrimonio fue Luis Maciel del Águila, ganadero agrícola que fue elegido alcalde ordinario de Buenos Aires desde enero de 1687 hasta enero de 1688, año en que fue designado por el propietario José de Herrera y Sotomayor como vicegobernador interino de Buenos Aires, cargo que ocuparía hasta alrededor de 1695.

Jerónima de Melo (1623-?), quien se bautizó el 9 de octubre de 1923 y luego se mudó a Santa Fe con su familia. Allí le dio la mano a Cosme Damian Dávila, vecino de esa ciudad y su concejal en 1641.

Juana Maciel del Águila Cabral de Melo (c.1625-c.1694), quien contrajo matrimonio con el Capitán Pedro Bartolomé Homem de Pessoa Figueroa (1618-1703), hijo del citado noble Pedro Homem de Pessoa y Pereda y su primera esposa Isabel de Figueroa Mendoza y Garcés de Bobadilla (c.1595-c.1634), así como nieto materno del general Francisco de Figueroa y Mendoza y su esposa Juana Garcés de Bobadilla, y bisnieto paterno de Juan de Figueroa y Villalobos (1523-?), quien estuvo en Chile en 1543 y donde se encontraba comisionado de Valdivia y Osorno, y de su esposa Inés de Mendoza y Carvajal.

Biografía

Melchor Maciel del Águila, nació en 1583 en Vianna do Castello, ciudad de la costa norte del Reino de Portugal, a cuyo pie el océano llega a la desembocadura de Lima y que recibió su nombre del antiguo castillo de Sao Thiago, cuna de marineros trabajadores a quienes el genio de Enrique el Navegante (1394-1460) señaló las rutas de la expansión ultramarina; y muchos portugueses salieron de ella y se instalaron en el territorio del Virreinato del Río de la Plata.

Ciertamente, las posibilidades del lugar de nacimiento eran escasas para Melchor Maciel, un hombre de confianza en sí mismo. Tenía el mar antes que su audacia, y supo por los marineros que regresaban al puerto desde tierras lejanas que a dos meses de distancia un mundo nuevo cobraba vida.

Marchó hacia él sin dudarlo y antes de los veinte años llegó a Brasil, luego de una estadía de la que desconocemos, embarcó como patrón en la carabela San Benito y llegó a Buenos Aires en 1604, cargando su propia mercancía por valor de 8.907 reales de plata, suma apreciable en ese momento.

Ese mismo año, se convirtió en uno de los primeros pobladores de Buenos Aires.

Desde su llegada a esta ciudad se dedicó a múltiples actividades comerciales, en 1606 compró la arroba promedio por 26 pesos en una subasta pública y desde 1608 obtuvo el primer permiso de lechería del Cabildo de Buenos Aires. Continuó viajando a Brasil para realizar diversos intercambios comerciales, consolidándose así como una persona responsable con experiencia en diversos sectores. También viajó por la costa argentina hasta Asunción del Paraguay.

Posteriormente se dedicó a la adquisición de tierras y actividades ganaderas.

En 1617 compró a Mateo de Monserrate la mitad de su estancia en el Pago de Magdalena, de 1.500 metros de ancho por legua y media de fondo, que se ubicaba al sur del Riachuelo.

Con el tiempo adquirió más terrenos en la zona y también en el Pago de La Matanza, para dedicarse a la agricultura y el pastoreo, por lo que se convirtió en uno de los principales ganaderos y terratenientes.

También viajó a la ciudad de Santa Fe para comerciar con su propio ganado, y en 1617 el gobernador Hernando Arias de Saavedra (1561-1634) le encomendó traer ganado cimarrón, que fue el primero en introducirse en la Banda Oriental.

Muerte

Melchor Maciel del Águila enfermó gravemente en el otoño de 1633 y murió ese mismo año, asistido por el doctor Paulo Francisco; y anticipando su próximo fin, hizo provisiones sobre su familia y sus bienes.

Su viuda Catalina Cabral de Melo (c.1593-1652) se unió en 1635 en un segundo matrimonio en Buenos Aires con su suegro Pedro Homem de Pessoa y Pereda (1593-1664), alcalde de Buenos Aires, y con quien tendría al menos tres hijos más.

Conclusión

En el ambiente soñoliento y mezquino del primer medio siglo porteño, Melchor Maciel del Águila fue una expresión activa y dinámica, un motor humano en movimiento y el animador de un tránsito vital que, al realizar un intercambio prohibido por los reyes, fue tolerado por los gobernadores, admitido por los concejos y favorecido por la población al comprobar sus rentables resultados.

Melchor Maciel se destaca como una de las figuras centrales de ese movimiento que salvó a Buenos Aires del estancamiento y la miseria por sus múltiples actividades, ejercidas fuera del cargo y las influencias oficiales. Tras tres siglos de anonimato, su nombre pasa a primer plano en el proceso civilizador de la época, hasta la sola enunciación de su obra y enérgicas intervenciones.

Bibliografía

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